
Por Lisandro Aloi
Siento una contradicción al escribir esto en plena “revolución artificial”, un término que nunca se me había ocurrido… aunque seguro alguien ya lo usó en esta sobreproducción de todo. Aun así, o justamente por eso, quiero escribir y repensar este tema que tantas veces medité. Uso estas herramientas cotidianamente.
Sobre el rollo de fotos de 36 estratégicas y preciadas tomas que tantos años usé en tantas cámaras distintas (colecciono, tengo más de 100), reemplazado por tarjetas que tienen miles de fotos digitales, o la cantidad de recursos que gasté en copias de fotos, las horas que pasé repitiendo escalas, ejercicios y repasos mil veces antes de entrar a un estudio de grabación. No desde la nostalgia, o no solo, sino esta vez con una sospecha optimista: creo que estamos corrigiendo el rumbo.
Esta es mi tercera nota en Pathos. Es más personal, y recorre la fotografía, el dibujo, la pintura, la música y la arquitectura, porque en todas vi pasar lo mismo: un camino hacia la masividad, a la repetición, a la sobreproducción, con muchísimo ruido, y veo una vuelta, de a poco, hacia el oficio.

Treinta y seis tomas
Empecé a sacar fotos de muy chico, y en 1997, el mismo año en que empezaba arquitectura, entré a la Escuela Argentina de Fotografía, en Buenos Aires. Ahí empecé a estudiar a los grandes maestros y, claro, a copiarlos una y otra vez.
Buscaba el instante preciso de Henri Cartier-Bresson, ese que terminó dándole nombre a su libro de 1952, Images à la sauvette, que en inglés se publicó como The Decisive Moment: la escena que se ordena sola durante una fracción de segundo, y que hay que estar ahí para atrapar. Buscaba el coraje de Robert Capa, que no esperaba el momento, sino que se metía adentro, y a quien se le atribuye esa frase que todo estudiante de fotografía repite: si tus fotos no son lo suficientemente buenas, es porque no estuviste lo suficientemente cerca. El humor de Elliott Erwitt, que encontraba un chiste en un perro, un charco o un cartel. La osadía de Robert Mapplethorpe, que mostraba lo que no se mostraba con una composición casi clásica. Y las secuencias finas, repetidas, casi obsesivas, de Bernd y Hilla Becher: tanques de agua, hornos, torres de extracción, fotografiados de frente, bajo el mismo cielo gris, y ordenados en grillas como si fueran especies de un mismo herbario industrial. Por citar algunos… de fotografía puedo escribir horas.
Nota: “puedo escribir horas” mezcla el tiempo con la escritura, como si el texto fuera una charla.


Para todo eso hacía falta un rollo. Y un rollo tenía 24 o 36 tomas. Una vez elegida la escena, se reflexionaba, se pensaba, se buscaba, se reencuadraba. Claro que había capturas de un momento que atrapábamos justo ahí, à la sauvette, al vuelo; pero inclusive para eso había que estar preparado: la cámara cargada, la luz medida (que, como todos los que estuvimos tanto tiempo con cámaras en mano, ya puedo medir a ojo, sin usar el fotómetro), la distancia del foco pensada antes de levantar el visor por si había que apurar la toma, y siempre primero y de fondo, algo que se transmitía en esa escena o algún personaje que había llamado mi atención. Y después venía lo más caro. Revelar, hacer las planchetas de contacto, mirarlas con lupa, marcarlas de alguna manera o hacer listas de los cuadros seleccionados, elegir, copiar, ampliar. Cada paso costaba plata y tiempo. Nos tomábamos tiempo antes de sacar una foto, no solo por la búsqueda, sino porque era muy caro no hacerlo.

Durante años, además, hice procesos cruzados: revelar diapositiva en químicos de negativo, buscar el corrimiento de color y el grano sin tocar un solo filtro digital. Era un error controlado, o no: cuando no salía, se perdía el rollo. Ese riesgo era parte del método y me obligaba a decidir; por lo menos para mí, era imposible seguir los procesos convencionales de copiado.


Hoy cada persona tiene una cámara en el bolsillo, y eso tiene algo de bueno… y mucho de malo: las fotos ya no se eligen: se acumulan.

La mano entrenada

En arquitectura me pasó lo mismo, pero con el trazo. Desde el comienzo de la carrera buscaba desesperadamente entrenar la mano dibujando todo lo que veía, representando espacios… entrenarme en representación de todo tipo, axonométricas, puntos de fuga, croquis, croquis y croquis… o buscando dibujos de maestros no publicados, croquis, bocetos de “servilleta” para ver la voz de los arquitectos en su trazo. Los dibujos de Wladimiro Acosta, nacido en Odesa en 1900, llegado a Buenos Aires a fines de los años veinte y pionero de lo que hoy llamaríamos arquitectura bioclimática con su sistema Helios, muestran obras que solo se ven ahí, en el papel y sus dibujos (y claro, reproducciones de los mismos). Proyectos que nunca se construyeron y que, sin embargo, existen, porque alguien los dibujó con una convicción que todavía se lee.
Tengo que admitir algo poco simpático: de estudiante (y en secreto, también ahora…) me costaba respetar a los docentes que no dibujaban bien. Claro, hay profesionales cuya ruta habla por sí sola y aunque no dibujen hacen aportes sustanciales a los procesos creativos… pero... Siempre me sedujo la mano entrenada, una especie de “los pingos se ven en la cancha”. Con los años, en mi propia búsqueda, fui aprendiendo no solo a dibujar sino a comunicar, y entendí que esto último, comunicar, era muchas veces más importante que el dibujo. De hecho, hay excelentes dibujantes que usan todo ese oficio y ese know-how de manera repetitiva, y sus láminas o dibujos no dicen mucho. Ves los dibujos de Le Corbusier… y son bocetos muy desorganizados y toscos, pero brillantes… con mucha sustancia. Hay manos entrenadas para comunicar que solo con un par de líneas representan ideas muy profundas.

Lo corroboré en un concurso de estudiantes en la UBA, cuando cursaba tercer año. Había que proyectar una estación de tren en una plaza de La Boca. Me acuerdo de hacer bocetos sobre bocetos, y nada me convencía, veía los bocetos de los otros concursantes… muchos dibujos y la tecnología era casi cien por ciento analógica (recién empezaba a usarse el AutoCAD, así de viejo me estoy poniendo): tuve que rastrear a mano los planos del tejido urbano para ver por dónde seguía la vía de ese trencito de La Boca. La solución apareció mirando una de las fotos que había sacado en la primera visita: una plaza de tierra con un arco de fútbol torcido, ni siquiera un croquis simple, una foto. Resumiendo, propuse romper las bases del concurso, sacar la estación de la plaza y dejarla vacía. No hacer arquitectura… dejarla como estaba, solo un solado. No ganó el dibujo más elaborado de la sala; ganó una foto y una escena: una idea. Fue mi primer premio en algo proyectado… y ganó una idea, la ausencia de dibujos.
Y el papel: cuando estudiaba arquitectura, los buenos papeles eran difíciles de conseguir, y los cuidabas, parecido a los rollos de fotos. Boceteabas a lápiz, cuidadosamente, y después pasabas a tinta. Si te equivocabas en tinta, se podía “gillettear” (raspar con una hojita de afeitar) o era empezar de nuevo. Hoy un modelo 3D, un BIM o un diseño generado con inteligencia artificial nos devuelven decenas de opciones en minutos. Es una herramienta extraordinaria. Pero ninguna de esas opciones tiene que pasar por la incomodidad de la tinta y muchas veces ahí perdemos la reflexión sobre cada partecita del dibujo, sobre cada arista del plano.

Antes del óleo
En la pintura nunca se empezaba con el óleo. Se pensaba una idea, se boceteaba, se estudiaban las partes del cuerpo, las escenas, la luz. Se hacían sketches, después el boceto a lápiz en escala 1:1, después pruebas de color (las buenas pinturas eran muy caras, y eso aún hoy no cambió), y recién después se hacía la obra. Lo estoy viviendo de nuevo: se pinta demasiado y muchas veces se piensa poco… lo veo en muestras, en ferias, y me pasa a mí mismo… Un gran amigo, Juan Srodek, filósofo erudito (becado y PhD en Princeton… para galardonarlo, después se dedicó a las finanzas) me repetía muchas veces en charlas vaya uno a saber dónde: “Se escribe mucho y se lee poco…”.

En la música pasaba lo mismo. Horas y horas repasando escalas, muchas horas de vuelo, ensayos, mucho estudio antes de grabar. Grabar un disco era muy caro, y había que llegar increíblemente ensayado, o con muchísima práctica y claridad en la búsqueda. Hoy se graba todo, de manera muy fácil… de vuelta, dio acceso a producción a todos… que es algo increíble, pero también sufrimos con la sobreproducción de música, sin meternos a hablar de música con IA… otro Pathos…

Ruido
¿Qué pasó en este proceso de masividad? De la fotografía analógica a la digital, y de la digital a la cámara en el teléfono de todos. De la pintura al arte digital. De la escritura a mano a la inteligencia artificial. De los dibujos a mano alzada, y de los arquitectos que todavía dibujamos a mano, al BIM, a los modelos 3D y a los diseños con IA. Pasó que hay mucho ruido.

No es ni bueno ni malo, es una realidad. Hay mucha distracción, y mucha repetición: por programa, por IA, o por workflows que se copian a sí mismos. En la primera nota de esta serie hablé de la arquitectura de catálogo que se repite a sí misma; lo mismo veo hoy en casi todas las disciplinas. Creo que es difícil encontrar sustancia. La IA es una herramienta, como un martillo, lo podemos usar para construir una vivienda, o para rompernos la cabeza a martillazos.
¿Pasa lo mismo en las ferias de arte, en galerías, en internet? ¿O me estoy poniendo viejo? Probablemente las dos cosas.
Me pasa con la filosofía. En mis ya demasiados intentos de estudiarla, disfruto y puedo seguirla hasta… ¿Nietzsche, tal vez? Después algunos escritores de ficción con mucho vuelo, algún que otro contemporáneo que disfruto pero me cuesta catalogar ante tantas influencias cruzadas. Se ramificó tanto, y apareció tanto material, que me perdí. Lo mismo con la música: ya no sé dónde encontrar buena música, a menos que sea en vivo, y siempre que admiro algo es a algún desconocido que encontré por casualidad. Pero están.
En los años que viví en Los Ángeles, todos los miércoles y jueves me iba a ver bandas indie a Silver Lake y Echo Park: el Silverlake Lounge, el Echoplex, el Satellite (que antes había sido Spaceland y que desde 2020 ya no tiene shows), o algún open mic que encontraba por ahí. Iba en busca de poesía bruta, aunque muchas veces eran proyectos poco pulidos, de fotos analógicas en acetato, de croquis a mano alzada. Iba a buscar lo que todavía no había pasado por ningún filtro pero que era después de mucha práctica.

Materialidad – ¿Matter y realidad?
En la arquitectura esto se ve muy a flor de piel, o mejor dicho, a flor de material, se ve y se toca. No voy a entrar en un resumen de la historia de la arquitectura, pero tan solo viendo los puntos generales, los “estilos” que estudiamos en los libros de historia son, en el fondo, las realidades constructivas de cada época. La piedra y la bóveda. La Ilustración, con su fe en la razón y en la regla. La Revolución Industrial después, con el hierro, el vidrio y el hormigón. Las guerras y las reconstrucciones, que empujaron la estandarización. Y de ahí, a los edificios con absolutamente todos los materiales prefabricados, elegidos de un catálogo, donde la obra es más un ensamble que una construcción.

Y sin embargo, estamos volviendo a poner en valor los materiales in situ. En la nota anterior escribí sobre el museo de Peter Zumthor en el parque de la Fondation Beyeler, de hormigón apisonado con árido de la caliza del Jura: la piedra del lugar dentro del muro. Y sobre la otra cara, la piedra traída de Alemania para un museo de arte latinoamericano en Buenos Aires, el Malba. En la vivienda rural, un tema que vengo pensando hace años, la idea de fondo es la misma: mirar lo que el lugar ya sabe hacer. ¿Volverá la fotografía analógica, tal vez? ¿O una fotografía digital, pero de escenas analógicas, que sea un reemplazo válido de esa profundidad en la búsqueda, de retratos sinceros?

Una campana y un péndulo
Me parece que esto va a ser como una campana de Gauss. La masividad crece, llega a su pico y después, de a poco, cede lugar a otra cosa. O, mejor, como un péndulo: estamos volviendo a una época de valoración más analógica. De inteligencia analógica, diría, aunque ni siquiera hace falta llamarlo inteligencia. Prefiero decirle proceso analógico. Si bien, repito, como al principio, me es muy raro estar escribiendo sobre esto que tantas veces pensé, charlé y tomé notas… finalmente en esta especie de época de oro o “fiebre del oro”… pero hoy fiebre de inteligencia artificial.
Hay señales. En 2025, en Estados Unidos, las ventas de discos de vinilo superaron los mil millones de dólares por primera vez desde 1983, y ya llevan diecinueve años seguidos creciendo, según la RIAA. Hay chicos que nacieron con un teléfono en la mano comprando cámaras de rollo. No es nostalgia de los que vivimos el acetato: es otra generación buscando algo que el ruido no le da.

Es curioso ver que en esta “revolución artificial” empezó a ser más importante quién promptea que la herramienta de turno que arma todo lo que le pidamos. Y quien promptea bien es casi siempre alguien que sabe mirar, que dibujó mucho, que escuchó mucha música, que leyó mucho... La herramienta amplifica; no reemplaza el criterio. O amplifica porquerías, o amplifica genialidades… Y lo creo sinceramente: por más nuevas herramientas que aparezcan y que nos separen y alejen de entrenar la mano, nuestro inconsciente colectivo va a luchar contra ellas. O, mejor dicho, va a domarlas como herramientas y a usar sus increíbles virtudes al servicio de un pensamiento profundo, analógico, y de reflexiones filosóficas y existenciales a mano alzada… ¿Será? O solo deseo… pero bueno, tengo fundamentos para lo que deseo y decido verlo y compartirlo, convencido de lo que va a pasar.

Mi reflexión
No hay que dejar de estudiar un instrumento, por más que después apretemos botones. No hay que dejar de sacar fotos en acetato, o pensar y repensar una toma antes de hacerlas a borbotones, ni de dibujar, aunque sea dibujar para entrenar los músculos y la mente a hacerlo, por más que después un programa haga el resto. Y sí, no dejar de escribir aunque seguramente mejor si es sustentado en mucha lectura… No porque lo analógico sea mejor, sino porque es ahí donde se entrena el criterio que después decide qué hacer con todo lo demás.
¿Cuántas de las miles de fotos que tenemos en el teléfono recordamos? De un rollo de 36, uno se acordaba de casi todas, porque cada una había costado una decisión.
Treinta y seis tomas. Y alcanzaban.
Posdata:
Dejé el artículo unos días sin terminar ya que ayer fui a ver Pinta BAphoto y quería cerrar con un comentario acerca de la misma. Es la feria más importante de fotografía de Buenos Aires (del 22 al 25 de octubre, en La Rural). Participé en 2008 y 2010, cuando todavía se llamaba Buenos Aires Photo, con fotos analógicas a través de la Galería Aldo de Sousa. Me gusta Pinta. El espacio donde la hacen, una estructura antigua de La Rural, es muy interesante y habla de lo bien que se está manejando últimamente: lo viejo y lo nuevo dialogan, tanto en la curaduría como en el espacio donde se presenta la feria. Disfruto sobre todo cuando se rescatan tesoros de fotógrafos analógicos a los que en otras épocas era más difícil acceder, o fotógrafos cuyas imágenes solo vivían en publicaciones impresas. Así se sigue construyendo, o mejor dicho documentando y dando voz a una base de cultura fotográfica local, clásica y profunda, distinta del ruido de los nuevos fotógrafos, si bien algunos se destacan, por ejemplo, Marcos López, ya casi un clásico, con todas las etapas de su obra. Lamentablemente falleció justo ayer pero fue el primero en vender obra. Es una feria que disfruto, aunque las mismas galerías muchas veces caen en el ruido de la producción fotográfica o sobreproducción de imágenes de la que venimos hablando. Me interesa ir a recorrerla otra vez con más detenimiento.
Nota: la muerte de Marcos López fue una performance en Pinta BAphoto; el artista está vivo y, según él mismo, “las fotos de los artistas muertos cuestan más”.
Fuentes
- Fondation Henri Cartier-Bresson, Images à la sauvette / The Decisive Moment (1952): https://www.henricartierbresson.org/en/publications/henri-cartier-bresson-the-decisive-moment/
- Wladimiro Acosta y el sistema Helios, Revista PLOT: https://revistaplot.com/wladimiro-acosta/
- RIAA, Year-End Revenue Report 2025: https://www.riaa.com/wp-content/uploads/2026/03/RIAA-Year-End-Revenue-2025.pdf
- The Satellite (ex Spaceland), Los Angeles Times, 2020: https://www.latimes.com/entertainment-arts/music/story/2020-07-18/the-satellite-club-closing-restaurant-silver-lake
- Pinta BAphoto 2026: https://es.pinta.art/BAphoto/Home
- Pathos 01 y Pathos 02 (enlaces a la publicación en Substack)
- lisandroaloi.com

